Sucedió en una noche de verano, las ciudades estaban cubiertas de los vapores restantes del día soleado, en los noticieros hablaban de grados centígrados que se sentían en la piel, en los pies al pisar el asfalto, en las espaldas estáticas que sudaban.
Esa noche, luego de un par de frustraciones, decidí dormir. El primer sueño, era con una negra amante de hace algunos años, tenía el pelo azabache como ya no lo tiene, se envolvía en mis manos sus crespos que con el tiempo, ella, bajo su propia voluntad, ha ido asesinando. Caminamos por un sendero color ocre, con árboles color tierra que bailaban al ritmo de un viento que nunca llegó a nosotros.
Desperté.
El segundo sueño, era de un hombre similar a mí, con un padre similar al mío, con los mismos problemas de abandono, falta de afecto y odio escondido que alguna vez, algún psiquiatra me dijo que yo tenía con mi padre. Quise huir del sueño y me topé con unos minutos más adelante, el hombre parecido a mi padre, se comportaba distante, egoísta, como quién se guarda para sí mismo el puñal enterrado en su corazón, negándose a sanar, negándose a vivir.
Mis manos se llenaron de ira, iba contra él con toda mi fuerza y dejaba de ser ese hombre similar a mí, me convertía en un adulto, lleno de fuerza y resentimientos por el otro. Mis frustraciones, mis amores, mis odios, todos los cargaba en mis manos que apretaban el cuello de aquel padre distante. Él, sonreía, yo, lloraba. El llanto fue tanto que terminaba por patearlo en los testículos, él, sonreía mientras mi cuerpo se retorcía de dolor como quién acaba de ser golpeado en sus partes nobles. Algo en el viento susurraba palabras de muerte, mis manos se llenaron de sudor mis ojos de lágrimas, o quizás de sudor, en los días de verano en Ciudad Solar, los ojos por ahorro, sueltan gotas de sudor y usan las lágrimas para hidratar el corazón.
Desperté.
Busqué a alguien con quién hablar en Whatsapp, no encontré a nadie despierto a las 3:36 de la mañana. Me senté en la cama, con el cuerpo lleno de sudor, me puse a llorar.