viernes, 21 de noviembre de 2014

Noviembre IV

Ella era de esas mujeres que se enamoraba todo el tiempo de alguna persona, normalmente la persona equivocada, aunque esa fuera la conclusión a la que llegaba  con las lágrimas, las peleas, los golpes, el hambre, el sexo y el sudor que el tiempo le daba. Claro que no siempre escogió mal a sus parejas, de vez en cuando seleccionaba uno de esos candidatos que eran leales, fieles, obedientes, cariñosos y todas esas cosas que las personas normales creen desear en su pareja; pero con el tiempo se aburría de ellos o sólo salía huyendo de una vida amorosa placentera sin ningún tipo de inconveniente, qué les puedo decir, era una chica que disfrutaba de los problemas.

La conocí el primer día en mi nueva casa, tenía unos 3 años y ella 5, no eramos vecinos, su padre era amigo del mío y al parecer disfrutaban con la idea de que sus dos primogénitos se acercaran. Por su puesto que nunca estuvimos juntos, nuestra complicidad no nos permitía enamorarnos. Disfrutamos cada día juntos, cada salida a jugar cualquier juego de la calle y con el tiempo los juegos de vídeo que nos privaba de los indolentes días soleados.

Ella fue una hermana más para mi vida, muchas veces llegamos a pensar lo mismo sobre las mismas cosas y por momentos en ciertas noches no nos sentíamos solos.

Después llegaron los muertos.

Las noches en vela por culpa de las noticias de muerte que aguardaban en el timbre de los teléfonos, las amenazas constantes, los policías que nos llevaban de la escuela a la casa, la compra de vídeo juegos para que no quisiéramos salir a la calle, las nanas con pinta de militares que nos cuidaban en las noches. De pronto entre los miedos de los adultos que nos pasaban por las sonrisas nerviosas luego de colgar cada llamada, surgió lo inesperado: Ella enfermó y no de una forma genérica, su singularidad en la forma de ver la vida se manifestó en sus necesidades corporales.

Dañó su cuerpo por culpa de una enfermedad que para todos es llamativa, pero que en el fondo sólo los que la han conocido podemos decir que es peor que cualquier cáncer. Me incluyo en ese grupo porque yo fui quién estuvo con Ella en las noches de insomnio mientras atada de manos intentaba concentrarse en no lastimar su cuerpo, estuve presente cuando el médico explicaba con eufemismos algo muy sencillo; que su cuerpo no podía controlar las hormonas, que no era una persona normal. 

Esos días fueron de llanto, de tristeza. El miedo a lo muerto fue superado por el miedo a una vida sin control, a un cuerpo que la superaba para abrirse caminos tan peligrosos y desconocidos como la muerte misma. Llegó el descontrol y sólo un grupo muy pequeño lográbamos entrar en su mundo desbordado. Las noches buscándola por las calles de los barrios más peligrosos de Ciudad Solar eran constantes. Ella encontró en las drogas el control que en la sobriedad no poseía, los medicamentos no ayudaban y como ya les dije, cada vez que intentó estar con alguien todo terminaba mal para Ella.

Después llegó la mañana. 

En su último intento por organizar su vida encontró no uno, sino a 5 personas dispuestas a superar sus propias estructuras sociales para estar con ella, personas que vieron su verdadero valor más allá de cualquier enfermedad, la vieron más allá de un cuerpo desbordado en sensaciones incontrolables. 
Con el tiempo todo fue controlado, su vida dejó de  andar en caos sin caer en una vida dopada y durmiente. 

Ahora, varios años después de todo esto, me ha contado que está bien, que siguen los mismos 6 participantes viviendo en armonía, que no faltan las peleas y disgustos, pero nunca le han hecho daño ni se lo hacen entre ellos, que es cuidada y protegida; tanto de la vida caótica como de la monotonía. Me dice que ha logrado sobrevivir a su vida misma. 

martes, 18 de noviembre de 2014

Noviembre III

Por esa época vivíamos en la falda de la montaña, cada vez que llovía fuerte los rayos caían tan cerca que no lográbamos salir del shock de la luz para caer en el temblor del estruendo producido por los truenos. Para esa noche estaba solo, con mis valientes 8 años de experiencias, luchaba por que el agua no entrara por ninguna de las ventanas de la casa. No era fácil cuidar una casa de gran tamaño solo, sobre todo cuando no tienes la estatura para alcanzar todas las cosas que necesitas.

Me fui a dormir a eso de las 11 de la noche, la lluvia no cesaba y los rayos me helaban la piel cada tanto, supe que se fue la energía a eso de las doce y me aferré a mi almohada como nunca; era un niño de 8 años solo en una casa desde hace un par de días, las habitaciones vacías  aumentaban el frío de mi cuerpo, lleno de miedo y soledad me quedé dormido.

Lode Tatú de Cat_Butt
Él llegó al tiempo, aún llovía pero no habían rayos, mi cuerpo temblaba del frío y sus manos me acariciaron el rostro, puso una cobija extra sobre mi y con un "descansa" me dejó dormido en mi cuarto. Bajó las escaleras y se sentó frente a su tocadiscos, con el mismo cuidado que me había acariciado tomó un LP de Sui Generis y lo hizo sonar, sentado en el sofá con botella de Whisky en la mano tarareaba una que otra canción mientras que con el ruido propio de una aguja que toca polvo se iba quedando dormido. 

La lluvia cesó, los pájaros cantaban y la luna brilló por las rendijas de la casa, una de ellas alumbraba la botella vacía al lado de un hombre alto, de cejas pobladas y cuerpo dormido, el otro destello de luz de luna caía sobre mis manos, las cuales abrazaban la almohada que hace unos años él había comprado.

Al despertarme, estaba su nota habitual en el comedor, algo de dinero para comprar comida, la botella en la basura, el LP en su estuche y su olor de padre por toda la casa.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Noviembre II

1.

La luz entra entre las persianas, respiro hondo y lento mientras ella mueve su cuerpo desnudo huyendo de la luz, me levanto y veo como las lineas de luz dibujan una nueva forma geométrica entre sus curvas, como si las lineas la abrazaran en medio de las cobijas que sus piernas entrecruzan.

Ella se irá en 3 días.

Caminar por la casa deja algo de nostalgia aún cuando su cuerpo duerme en mi cama, las blusas tiradas en el sofá, sus vasos sucios en el lavaplatos, los zapatos que tanto quiere por el pasillo. 
Entro a la cocina a preparar café, a ella le gusta dulce en extremo mientras siempre lo he tomado negro. Desde la llamada de su padre y la confirmación del nuevo trayecto en su vida, hemos intentado pasar los días juntos, pero las obligaciones de cada unos han llevado a posponer nuestra soledad compartida hasta el día de hoy. 
Salimos de casa caminando con las manos enredadas, las palabras sobran en nuestras miradas y sólo sonreímos. 
Caminamos por calles empedradas donde los autos aparcan creando un río interminable de reflejos metálicos, somos los dos y los dos nos volvemos transeúntes, trashumantes, ignoramos lo que queremos y nos percibimos entre toda la ciudad. Ciudad Solar se vuelve una en nosotros.

Entramos a un bar donde nos atienden un par de ancianos, pedimos el licor local y bebemos con la sed del desierto, hablamos sobre las historias que ambos conocemos, ella es la única mujer que tiene más historias que yo y por eso la amo. 
Caminamos ebrios de nuevo a casa, caminamos las mismas calles empedradas, los callejones de ladrones y putas,  pasamos por los bailaderos de salsa, vallenato, rancheras... pasamos por todos los lados que la ciudad nos ofrece. Somos cuatro pies al ritmo de las luces de la calle mientras los relojes analógicos y de cuerda y de arena nos van confirmando en cada esquina que esa esquina no volverá, que se quedará en nuestra mente como el recuerdo de un camino que hemos trazado y perderemos, que nuestro pasado se edifica con cada anden, árbol, semáforo que vamos dejando atrás mientras nuestra casa está más cerca. 

Llegamos ebrios de calles y ciudades que son esta ciudad, nos desnudamos mientras ella va dejando la blusa en el sofá, los zapatos en el pasillo, pone a hacer café con mucha azúcar y me besa los ojos, como si nunca antes los hubiera visto. Me hace sentir feliz mientras la silueta de sus pantorrillas se pasea por la casa con la propiedad de quién se sabe dueño de todo lo que le rodea, me siento mareado y el café dulce me enfoca en su sonrisa. 
Ella es hermosa, tan hermosa como puede ser una mujer que se ha amado. En la cama como nunca antes nos hemos quedado dormidos sin hacerlo, siento su respiración suave y pausada en mi pecho, mi corazón se sonroja.

2.

No nos levantamos de la cama más que para tomar de su café en extremo dulce, cada vez que nos sentimos tres centímetros lejanos, nos acercamos e intentamos fusionar nuestros poros, coordinar nuestro pulso y expulsar en mismo aire, para proteger el ozono. El calor normal de Ciudad Solar se ha disipado por la lluvia de noviembre, las horas traspasan nuestros cuerpos caídos en deseo y tristeza, como si la partida inminente hiciera más fuerte mi deseo de entrar en ella y no salir, su partida nos excita al punto de no recordar palabra alguna más que las dichas en la cama. 

-¿Sabes que los Pandas se quedan dormidos en cualquier lugar?; Me preguntó mientras mis ojos parpadeaban en su ombligo.
-No, no sabía.
-Sí, a diferencia de nosotros, nunca buscan donde dormir, duermen donde tengan sueño y ya. Es como nosotros dos, que no buscamos a alguien a quién amar, sólo amamos ahí dónde estamos y ya. 

Me quedé dormido.

3.

Me levanta una linea de luz que entra por la persiana, los ojos no quieren abrirse y camino de memoria por la casa. No veo sus zapatos tirados en el pasillo ni la blusa en el sofá, el lavaplatos está limpio y pongo a hacer algo de café. No abro los ojos.
El café está listo, lo lleno de azúcar y me siento a ver la ventana que está abierta, hay un silencio terrible que empieza en mi cama vacía y culmina en el diástole y sístole mudo del corazón. 
Empieza a llover y el calendario marca noviembre en su centro, me acuesto en el sofá y su olor aún está ahí, prendo el televisor y están dando lo único que podría ver en este momento.

Un programa sobre pandas.