La puerta principal es grande, de metal, me recuerda a los portones de las casas de gentes importantes de la ciudad de hace unos 80 años ya. Entro y a los dos lados sillas metálicas con personas esperando a alguien que salga y les informe de las nuevas noticias. Cada uno de ellos es un caso distinto, es un conjunto de vidas asociadas a su historia y memoria personal, yo soy uno de ellos, pero apenas he llegado.
En una recepción me toman una foto, me dan un papel desplegable que dice a quién visito y en qué habitación está. El ascensor no se siente y llego al tercer piso en un par de segundos.
Camino por el camino que me han dicho que debo transitar, paso puestos de enfermeros que en verdad son auxiliares que en verdad son personas que están ahí sustentando una realidad a la que han caído por decisiones que nada tienen que ver conmigo, pero supongo que eso hace parte de ser un humano en este mundo.
Llego a la puerta de la habitación señalada en el papel pegado en mi camisa, ahí dentro está la persona que he venido a buscar, me detengo, respiro profundo y camino.
Es una habitación con dos camillas, son 15 metros cuadrados y en una esquina está una mujer negra de unos 70 años arropada hasta el cuello, junto a ella en una silla recostada está una mujer más joven de quizás unos 50 años dormitando mientras la más anciana respira fuerte entre dormida y despierta.
Al otro lado está la mujer que he venido a buscar, pesando 30 kilos que es lo que pesan sus huesos y sus venas, porque la carne y la sangre ya se han ido agotando de su piel. Dormida, con la boca abierta y una respiración tan pausada y tan tranquila que por un segundo pienso que ha dejado de respirar. En la silla al lado está una mujer de unos 60 años leyendo un periódico, se levanta y me reconoce en seguida, me saluda y pregunta por la parte de mi familia que ella no ha visto. Le digo que estoy ahí para hacer el relevo y que ella puede ir a comer algo abajo, sale y me deja con la anciana de 92 años y 10 meses que duerme tranquila.
Estoy a su lado leyendo cuando su mano marcada por las jeringas que le han sacado sangre me toca, volteo y la saludo, antes de que juegue a reconocerme le comento quién soy sin entrar en detalles, ella no me recuerda hacer mucho.
Se calma cuando le nombro nombres que aunque ella no asocie con un rostro le suenan conocidos, me pide agua y le sirvo en un vaso un poco de jugo, la ayudo a sentarse y veo como sus brazos no son más que dos delgadas lineas a punto de romperse, siento que le toco el cascaron que las arrugas han creado para evitar que alguien le toque la piel, la siento fría a pesar de que estaba acostada con dos cobijas cubriendo su pequeño cuerpo de quizás unos 1.65 centímetros después de que por allá, hace unos 60 años era de casi 1.80 cm.
Pasan los minutos y me he enfocado en contarle historias de un pasado en común que sólo yo retengo en mi memoria, se lo narro en forma de cuento, de ficción y así logro entretenerla mientras pasa su vista por la televisión y por el periódico que no puede ya leer y por mis ojos que la miran intensamente mientras sigo recreando nuestro pasado. Ella se ríe al final de la historia y siento mi cuerpo liviano.
Llega una mujer de un metro con 70, de pelo crespo y amplias caderas, es mi familia, es la mujer que a mis 17 meses de vida me dejó caer provocando mi primer hombro dislocado, es la mujer que me cambió pañales por un tiempo y que terminó casada con el peor ejemplo de hombre que puede existir. Ella entra y le habla a la anciana con la confianza y tranquilidad que sólo alguien que fue mimado, consentido, protegido en sus travesuras por esta mujer de pelo blanco y ojos grises puede hacerlo.
Escucharla me reconforta el alma, una mueca de sonrisa se dibuja en la anciana que hace el trabajo de recordar las tardes de los tres juntos viendo el mundial del 98. Quizás una sonrisa sale de mi rostro y contengo la melancolía que intenta salir por mis ojos, en ese momento estoy feliz.
Son las 4:37 de la tarde de un día cualquiera a mitad del año que trascurre sin pena y sin gloria. El médico entra a la habitación y saluda con cortesía que la anciana le hizo tomar desde aquella vez que ingresó a revisarla sin pedir permiso. Él es prepotente, le faltan unos 6 centímetros para llegar a los 2 metros de altura y sus manos son gigantescas en comparación a las de cualquier persona en el cuarto. La anciana duerme así que considera prudente decirnos la noticia que todos estamos esperando desde hace unos 13 días cuando ella terminó aquí, en una clínica con riesgo de morir.
Nos dice de unos glóbulos rojos en baja que al final lograron controlar, nos dice de unas pruebas cuyo resultado fueron unos pulmones llenos de líquidos que no deberían estar ahí, nos habla de un pedazo de algo que supongo es carne pero él llama tumor, el cual se ha calado entre su pulmón izquierdo y su vida, casi como la puerta que anuncia un desenlace que está ahí para todos, pero que sólo cuando un fantasma en bata de casi dos metros lo informa, se hace real. Nos habla de pruebas y pruebas para saber el grado de maldad de algo que de por sí, ya es malo. Nos miramos como cuando pequeños nos mirábamos antes de robarle la leche en polvo con azúcar a la abuela y nuestros corazones palpitaban tan fuerte que sentíamos el del otro latir a nuestro lado. Le agradecemos la información y miramos a la anciana que respira pausadamente en una cama de una clínica que nos es tan ajena como la certeza de un cumpleaños más con ella.
Ya en la noche, después de haber perdido las citas que debí cumplir con aquellas personas que sí hacen parte de mi mundo. Salí caminando pausado de la clínica, la había dejado con un familiar de esos que no se muy bien qué son para mí. Me senté en un anden en medio de la ciudad y después de ver pasar a un niño en una bicicleta con ruedas de apoyo recordé que de las pocas fotos de mi infancia una es afuera de su casa mientras aprendo a montar bicicleta a mis 3 años.
Sin medir las proporciones de la realidad que me rodea, comienzo a llorar.