viernes, 27 de junio de 2014

Bogotá

Hace unos días tomé junto a mi sobrino el trabajo de viajar de una ciudad colombiana a otra,  obviando los tramites del vuelo pude apreciar, en mi pequeño familiar lo importante que es tener un poco de niñez en nuestras vidas, él se quedó dormido en plena turbulencia, y creo que de eso se trata ser niño, de poder dormir y descansar aún en medio de la tormenta que se puede convertir nuestra vida.

Llegamos entre la pereza de un nuevo clima y la espera de ver a nuestra guía, mi hermana que ya lleva un tiempo de residente capitalina.  La ciudad en sí, no es de muchos colores, su ubicación geográfica le ha dado una tonalidad gris con beige que sólo lo colorido de los autos enfrenta. El clima me parece un agregado cultural, una mitificación de una realidad que muchos desconocen, sí es fría pero no tanto como muchos creen o esperan. 

Normalmente no salgo mucho, me concentro en leer, en escribir (cosa que he logrado hacer aunque mi blog no lo demuestre), me enfoco reconstruir los hechos que me han traído a la ciudad capital e intento liberarme de las cargas que Ciudad Solar me impone a lo largo de los días. No respondo correos del trabajo y no leo nada relativo a mi carrera; esto último como un intento de hacerme creer que puedo separar mi vida personal de la laboral. Como esta vez vine con mi sobrino, me he puesto a ver esos programas que de niño vi pero con él, le han gustado y eso me hace sentir que sí tengo familia, aún cuando sea 18 años menor que yo.

Bogotá pasa de ser una referencia cultural, un espacio de museos, bibliotecas y archivos históricos para convertirse en un refugio, en un pequeño cascaron donde se me permite respirar un aire contaminado distinto al de Ciudad Solar, mis pulmones se llenan de fuerzas necesarias para volver a las dinámicas sociales que ya se han construido allá, mientras tanto acá no reproduzco nada, me quedo quieto, sin esperar a nadie ni nada, sólo respirando, pensando, sintiendo, liberándome de los dolores de espalda que produce caminar a 32 grados centígrados. 

En Bogotá no soy feliz ni soy triste, en este espacio me libero de esos conceptualismos y como el queso en el chocolate, me dejo llevar por las ráfagas de calor que la tranquilidad me ofrece. 

domingo, 8 de junio de 2014

Habitación 342B

La puerta principal es grande, de metal, me recuerda a los portones de las casas de gentes importantes de la ciudad de hace unos 80 años ya. Entro y a los dos lados sillas metálicas con personas esperando a alguien que salga y les informe de las nuevas noticias. Cada uno de ellos es un caso distinto, es un conjunto de vidas asociadas a su  historia y  memoria personal, yo soy uno de ellos, pero apenas he llegado.

En una recepción me toman una foto, me dan un papel desplegable que dice a quién visito y en qué habitación está. El ascensor no se siente y llego al tercer piso en un par de segundos.
Camino por el camino que me han dicho que debo transitar, paso puestos de enfermeros que en verdad son auxiliares que en verdad son personas que están ahí sustentando una realidad a la que han caído por decisiones que nada tienen que ver conmigo, pero supongo que eso hace parte de ser un humano en este mundo.
Llego a la puerta de la habitación señalada en el papel pegado en mi camisa, ahí dentro está la persona que he venido a buscar, me detengo, respiro profundo y camino.
Es una habitación con dos camillas, son 15 metros cuadrados y en una esquina está una mujer negra de unos 70 años arropada hasta el cuello, junto a ella en una silla recostada está una mujer más joven de quizás unos 50 años dormitando mientras la más anciana respira fuerte entre dormida y despierta.

Al otro lado está la mujer que he venido a buscar, pesando 30 kilos que es lo que pesan sus huesos y sus venas, porque la carne y la sangre ya se han ido agotando de su piel. Dormida, con la boca abierta y una respiración tan pausada y tan tranquila que por un segundo pienso que ha dejado de respirar. En la silla al lado está una mujer de unos 60 años leyendo un periódico, se levanta y me reconoce en seguida, me saluda y pregunta por la parte de mi familia que ella no ha visto. Le digo que estoy ahí para hacer el relevo y que ella puede ir a comer algo abajo, sale y me deja con la anciana de 92 años y 10 meses que duerme tranquila.

Estoy a su lado leyendo cuando su mano marcada por las jeringas que le han sacado sangre me toca, volteo y la saludo, antes de que juegue a reconocerme le comento quién  soy sin entrar en detalles, ella no me recuerda hacer mucho.
Se calma cuando le nombro nombres que aunque ella no asocie con un rostro le suenan conocidos, me pide agua y le sirvo en un vaso un poco de jugo, la ayudo a sentarse y veo como sus brazos no son más que dos delgadas lineas a punto de romperse, siento que le toco el cascaron que las arrugas han creado para evitar que alguien le toque la piel, la siento fría a pesar de que estaba acostada con dos cobijas cubriendo su pequeño cuerpo de quizás unos 1.65 centímetros después de que por allá, hace unos 60 años era de casi 1.80 cm.

Pasan los minutos y me he enfocado en contarle historias de un pasado en común que sólo yo retengo en mi memoria, se lo narro en forma de cuento, de ficción y así logro entretenerla mientras pasa su vista por la televisión y por el periódico que no puede ya leer y por mis ojos que la miran intensamente mientras sigo recreando nuestro pasado. Ella se ríe al final de la historia y siento mi cuerpo liviano. 
Llega una mujer de un metro con 70, de pelo crespo y amplias caderas, es mi familia, es la mujer que a mis 17 meses de vida me dejó caer provocando mi primer hombro dislocado, es la mujer que me cambió pañales por un tiempo y que terminó casada con el peor ejemplo de hombre que puede existir. Ella entra y le habla a la anciana con la confianza y tranquilidad que sólo alguien que fue mimado, consentido, protegido en sus travesuras por esta mujer de pelo blanco y ojos grises puede hacerlo. 
Escucharla me reconforta el alma, una mueca de sonrisa se dibuja en la anciana que hace el trabajo de recordar las tardes de los tres juntos viendo el mundial del 98. Quizás una sonrisa sale de mi rostro y contengo la melancolía que intenta salir por mis ojos, en ese momento estoy feliz.

Son las 4:37 de la tarde de un día cualquiera a mitad del año que trascurre sin pena y sin gloria. El médico entra a la habitación y saluda con cortesía que la anciana le hizo tomar desde aquella vez que ingresó a revisarla sin pedir permiso. Él es prepotente, le faltan unos 6 centímetros para llegar a los 2 metros de altura y sus manos son gigantescas en comparación a las de cualquier persona en el cuarto. La anciana duerme así que considera prudente decirnos la noticia que todos estamos esperando desde hace unos 13 días cuando ella terminó aquí, en una clínica con riesgo de morir.

Nos dice de unos glóbulos rojos en baja que al final lograron controlar, nos dice de unas pruebas cuyo resultado fueron unos pulmones llenos de líquidos que no deberían estar ahí, nos habla de un pedazo de algo que supongo es carne pero él llama tumor, el cual se ha calado entre su pulmón izquierdo y su vida, casi como la puerta que anuncia un desenlace que está ahí para todos, pero que sólo cuando un fantasma en bata de casi dos metros  lo informa, se hace real. Nos habla de pruebas y pruebas para saber el grado de maldad de algo que de por sí, ya es malo. Nos miramos como cuando pequeños nos mirábamos antes de robarle la leche en polvo con azúcar a la abuela y nuestros corazones palpitaban tan fuerte que sentíamos el del otro latir a nuestro lado. Le agradecemos la información y miramos a la anciana que respira pausadamente en una cama de una clínica que nos es tan ajena como la certeza de un cumpleaños más con ella. 

Ya en la noche, después de haber perdido las citas que debí cumplir con aquellas personas que sí hacen parte de mi mundo. Salí caminando pausado de la clínica, la había dejado con un familiar de esos que no se muy bien qué son para mí. Me senté en un anden en medio de la ciudad y después de ver pasar a un niño en una bicicleta con ruedas de apoyo recordé que de las pocas fotos de mi infancia una es afuera de su casa mientras aprendo a montar bicicleta a mis 3 años. 

Sin medir las proporciones de la realidad que me rodea, comienzo a llorar.

jueves, 5 de junio de 2014

Entrada desesperada sobre las mujeres tristes y los hombres que no saben de poesía

Hoy, un hombre que no lee poesía le estaba dedicando un poema de Benedetti leído por el mismo a una mujer que tampoco sabe de poesía, mientras tanto yo leía a un poeta que no es tan bueno como se cree y que me gusta más por despecho que por placer literario.

Hoy, una mujer era enamorada por un poema que no era de quién se enamoraba, leído por alguien de quién no sabía que estaba muerto ya, ni que su nacionalidad era uruguaya. Ella se enamoraba de un hombre real, de cuerpo real, de mirada real, de intenciones reales que se plasmaban en un poema irreal que leía el difunto poeta de nacionalidad sureña.

Hoy una mujer estaba triste y su tristeza tenía el nombre de ella y se reflejaba en la bebida negra que no quería tomar por miedo al insomnio que la dejaría con la tristeza de compañera por lo largo de la noche de este día. Ella está triste y yo busco cómo reconfortarla, no tengo que ver con su tristeza, pero siento que algo debería hacer, quizás no quitarle su tristeza, pero sí ayudar con algo para hacerla más llevadera.
Tampoco intentaría matarla con un poco de alegría porque ese no es mi estilo. Sólo pude leerle un poema que habla sobre la lluvia y la noche y la tristeza, pero en Ciudad Solar no llueve, pero en Ciudad solar sólo hace calor diurno aunque los tercos le llamen noche a las estrellas y la luna en el cielo. Pero no sirve para nada el poema porque el bochorno se apropia de nuestras vidas y las letras que recito a mi teléfono para que le digan a su teléfono que le susurre a su oído que ella no está sola con su tristeza, que estoy acompañándola con un poema de Pessoa y que sí sé quién es Pessoa y que ella sabe quién es Pessoa y que sabemos que está muerto y que sabemos que es portugués y que sabemos dónde queda Portugal. 

Y quiero que ella sepa que yo sé que mi compañía no es querida, que mis poemas no son solicitados y que lo mejor es hacerme a un lado en esta noche caliente/bochornosa de Ciudad Solar donde el sol se disfraza de luna para seguir calentando nuestros cuerpos a la luz de las estrellas. Quiero que ella esté bien, tan bien como el corazón alegre de la mujer que acaba de escuchar un poema de Benedetti recitado por Benedetti pero que no dice nada al igual que  la poesía de Benedetti. Que esté tan esperanzada en que algo bueno llegará como lo está el chico que no sabe de poesía y que para conquistar a la mujer que ama, le proclama poemas por medio de la voz de un poeta que ni tan poeta fue. 

lunes, 2 de junio de 2014

Tres ideas parte 3

3. Del futuro
Hace un rato hablaba con alguien con quién tuve algo por un tiempo, ella era muy buena poniendo nombres a aquello que tuvimos, yo nunca pude nombrar ni a mis mascotas. Hubo un momento en medio del tanto hablar que ella me preguntó sobre mi futuro, si me veía con alguien, quizás enamorado en un presente lejano.

Primero me causó curiosidad tal pregunta, ya que normalmente pienso en el futuro como un espacio vacío, sin color, donde no habita nadie y sólo con los sucesos que van llenando los días monótonos, ese vacío va tomando un color que sólo las consecuencias de mis actos ( y de quienes me rodean) le dan. Para mí, el futuro es una cabellera crespa enredada en donde mi mano está acariciando un cuero cabelludo suave y de rico olor. Para mí, el futuro es mi cabeza.

Pensé después de que quizás el futuro amoroso estaba con quién en cierta forma intento estar ahora, que no la llamaré fracaso amoroso, quizás ella es lo que necesito pero no lo que quiero, quizás sólo estoy esperando que la última persona que quizás apostaría por mí en la vida se quede sin fichas.  Supe que mi futuro amoroso no tiene el nombre de esa mujer y que en lo próximo no tomaré ninguna decisión sobre él, porque cualquier decisión que tome significa que alguien saldrá herido.

Por último, pensé que ella me preguntó para que yo le devolviera la pregunta, así que supe con su respuesta que sale con alguien, que quizás yo sé quién es (aunque no lo conozca), también supe que saber eso me dolió entre el pulmón y el tórax, pero tocaba sonreír y buscar algún chiste. Nos despedimos.

Estando solo pude entender que mi futuro amoroso como el rollo de mi cámara, está sin revelar y por lo que parece, al igual que el rollo de mi cámara, no promete nada bueno.

Tres ideas parte 2

2. Sobre los libros y el amor.
La otra noche estaba esperando el bus que me lleva a casa y al ver que la espera iba a ser prolongada, decidí ponerme a leer la última novela que andaba leyendo, la número 37 del año. Mientras leía y miraba entre páginas si se acercaba el bus, una mujer de quizás unos 25 años se acercó y me preguntó sobre el libro, era alta, de cabello largo, quizás hasta la cintura, castaño y de ojos negros carbón. Le hablé un poco del autor y del contexto de la historia, ella me habló de su último libro leído y como llegó a él después de que su novio la dejó por una mujer más joven. 

No quise entrar en detalles de su vida amorosa, le conté que cada vez que las tristezas me llegan como lluvia en el interior de la casa, me encierro en mi cuarto y leo como loco un libro tras otro. Le conté que llevaba 37 libros este año y ella me dijo que quizás era alguien muy triste. Nos miramos a los ojos y el bus no llegaba.

Después de un momento de silencio, ella me contó que nunca se ha enamorado, yo le dije que vivo enamorado de cada mujer que veo en mi vida, que cada una me enamora de una forma distinta, ya sea con su caminar, con su olor, con su forma de aparecer y ordenar el espacio que la rodea, que no existe mujer que no sea perceptible de ser amada y que yo me siento capaz de amarlas a todas.

Ella dijo que al amarlas a todas, no amaba a ninguna.
Yo sonreí, el bus llegó, nos despedimos.

Tres ideas Parte 1.

1. Las mujeres que se casan con ingenieros
Hace unos días me topé con una mujer que siempre ha manifestado su deseo corporal de pasar una noche o quizás varías conmigo, mientras coqueteábamos de forma sutil y ella se tomaba un capuchino lentamente con sus labios gruesos y rojos, me contaba sobre su matrimonio, sobre lo felizmente casada que ha quedado después de un par de fiascos y un momento de duda sexual que la llevo por los caminos de las lesbianas, sin encontrar en ello el placer que le esperaba en las manos de un hombre de profesión reconocida, de trabajo estable y de buen gusto por los libros, algo así como un protohombre desarrollado, el futuro de la humanidad masculina hecha carne.

En medio de risas y de historias sacadas de historietas de esas que ella sabe hacer, pude ver como a veces su sonrisa se volvía una pequeña mueca de tristeza, le pregunté por esa señal de auxilio que el cuerpo saca sin permiso.
Ella me contó que lo amaba, que él le daba emoción a la vida, que en la cama obtenía el placer que siempre buscó, pero que a pesar de todo lo bueno, cada noche después de que él se dormía, ella salía al balcón de su edificio, miraba las estrellas y de tener el cielo nublado miraba a los insomnes de luces prendidas leyendo en los edificios cercanos o lejanos. Mientras me terminaba un expresso doble me contó  que se sentía sola, aún estando con su mejor compañía, que no sentía un placer completo, que quería salir y huir de lo mejor que le había pasado en su vida, que era infeliz por culpa de algo que habitaba en su felicidad.

Ese día terminamos acostados en un motel cercano a su lugar de trabajo, mientras ella fumaba (ahora fuma), yo pensaba en que todas las mujeres que se casan con un ingeniero terminan suicidándose o enamoradas de hombres como yo, lo cual al final de la noche no es muy diferente.

Nos despedimos, no intercambiamos números, ni direcciones. Después de dar unos pasos me alcanzó y me hizo prometer estar en ese mismo lugar todos los lunes a las 2 de la tarde.