Hace un tiempo, tuve un amigo con quién duré varías noches discutiendo sobre el amor, claro, con él, Nietzsche y Jung. Noches llenas de Clonazepam y Whisky.
Un día, mientras caminábamos por Ciudad Solar, ocurrió que nos topamos con un hidrante y como ya era costumbre, iniciamos nuestras cavilaciones de jóvenes tontos, adictos a los medicamentos y al licor.
Hablábamos que nunca, ni él ni yo, encontramos un hidrante junto a otro igual. Era como si aquel elemento de la naturaleza urbana, estuviera destinado a estar solo. Claro, hemos visto puentes uno junto al otro como hermanos gemelos, postes de energía unidos, inclusive, en cierto momento de construcción de la ciudad, vimos carreteras una, junto a otra, esperando a ser unidas por el concreto. Pero nunca un hidrante.
Esos seres que dan agua al quemado, al niño aburrido en el verano (siempre es verano en Ciudad Solar), que están ahí para los perros con urgencias y como apoyo para el caminante cansado. El hidrante, nunca está con otro hidrante, es la soledad hecha materia en la ciudad.
Por un momento nos dio gracia nuestra cavilación, luego, después de unos minutos de silencio bajo las calles llenas de sol, descubrimos que estábamos solos, tanto él como yo. Dos seres propios de esa ciudad ardiente, sin nada ni nadie que nos acompañara, sentimos la tristeza que en las noches, debe sentir el hidrante, porque él como todos nosotros, también se siente solo y triste en las noches.
