Ella era de esas mujeres que se enamoraba todo el tiempo de alguna persona, normalmente la persona equivocada, aunque esa fuera la conclusión a la que llegaba con las lágrimas, las peleas, los golpes, el hambre, el sexo y el sudor que el tiempo le daba. Claro que no siempre escogió mal a sus parejas, de vez en cuando seleccionaba uno de esos candidatos que eran leales, fieles, obedientes, cariñosos y todas esas cosas que las personas normales creen desear en su pareja; pero con el tiempo se aburría de ellos o sólo salía huyendo de una vida amorosa placentera sin ningún tipo de inconveniente, qué les puedo decir, era una chica que disfrutaba de los problemas.
La conocí el primer día en mi nueva casa, tenía unos 3 años y ella 5, no eramos vecinos, su padre era amigo del mío y al parecer disfrutaban con la idea de que sus dos primogénitos se acercaran. Por su puesto que nunca estuvimos juntos, nuestra complicidad no nos permitía enamorarnos. Disfrutamos cada día juntos, cada salida a jugar cualquier juego de la calle y con el tiempo los juegos de vídeo que nos privaba de los indolentes días soleados.
Ella fue una hermana más para mi vida, muchas veces llegamos a pensar lo mismo sobre las mismas cosas y por momentos en ciertas noches no nos sentíamos solos.
Después llegaron los muertos.
Las noches en vela por culpa de las noticias de muerte que aguardaban en el timbre de los teléfonos, las amenazas constantes, los policías que nos llevaban de la escuela a la casa, la compra de vídeo juegos para que no quisiéramos salir a la calle, las nanas con pinta de militares que nos cuidaban en las noches. De pronto entre los miedos de los adultos que nos pasaban por las sonrisas nerviosas luego de colgar cada llamada, surgió lo inesperado: Ella enfermó y no de una forma genérica, su singularidad en la forma de ver la vida se manifestó en sus necesidades corporales.
Dañó su cuerpo por culpa de una enfermedad que para todos es llamativa, pero que en el fondo sólo los que la han conocido podemos decir que es peor que cualquier cáncer. Me incluyo en ese grupo porque yo fui quién estuvo con Ella en las noches de insomnio mientras atada de manos intentaba concentrarse en no lastimar su cuerpo, estuve presente cuando el médico explicaba con eufemismos algo muy sencillo; que su cuerpo no podía controlar las hormonas, que no era una persona normal.
Esos días fueron de llanto, de tristeza. El miedo a lo muerto fue superado por el miedo a una vida sin control, a un cuerpo que la superaba para abrirse caminos tan peligrosos y desconocidos como la muerte misma. Llegó el descontrol y sólo un grupo muy pequeño lográbamos entrar en su mundo desbordado. Las noches buscándola por las calles de los barrios más peligrosos de Ciudad Solar eran constantes. Ella encontró en las drogas el control que en la sobriedad no poseía, los medicamentos no ayudaban y como ya les dije, cada vez que intentó estar con alguien todo terminaba mal para Ella.
Después llegó la mañana.
En su último intento por organizar su vida encontró no uno, sino a 5 personas dispuestas a superar sus propias estructuras sociales para estar con ella, personas que vieron su verdadero valor más allá de cualquier enfermedad, la vieron más allá de un cuerpo desbordado en sensaciones incontrolables.
Con el tiempo todo fue controlado, su vida dejó de andar en caos sin caer en una vida dopada y durmiente.
Ahora, varios años después de todo esto, me ha contado que está bien, que siguen los mismos 6 participantes viviendo en armonía, que no faltan las peleas y disgustos, pero nunca le han hecho daño ni se lo hacen entre ellos, que es cuidada y protegida; tanto de la vida caótica como de la monotonía. Me dice que ha logrado sobrevivir a su vida misma.




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