Hoy en día no vivo en
la ciudad en que nací y tampoco en la que crecí, siempre he creído que Gege es
una mujer, no creo que sea importante su género ni su sexo, pero igual lo creo.
Cuando viajo a la
ciudad donde crecí, suelo verla con mucha nostalgia, aunque voy cada 3 meses,
no me deja de sorprender lo poco atado que me siento a ella. Conozco sus
calles, sus rutas, sus ruidos, y puedo reconocer la hora del día a partir de la
intensidad del sol. Conozco el ritmo de su lluvia y la cara de los habitantes,
los visitantes, los foráneos y los perdidos. La conozco pero no me dejo de
sentir un extraño en ella, ¿siempre fue así? No lo sé, pero cuando viajo a
ella, así lo siento.
El 265 es uno de los
mejores capítulos de Jujutsu que ha dibujado y escrito Gege, se siente el
trabajo de semanas y quizás meses en él, lo sentí como un capítulo de One Piece
antes de iniciar la parte final de un arco, cuando se nota que a Oda nunca le
importó la pelea previa o siguiente, sólo quería hacer rellenos para poder
llegar a ese momento y que el lector entendiera la importancia de lo que estaba
leyendo, así como para él era importante decir lo que estaba dibujado.
No voy a hacer análisis
de lo que quiere decir para la historia ese capítulo, ni siquiera los recursos
literarios o gráficos que usa, quisiera hablar de la nostalgia de ir a aquel
lugar del que vienes y saber que ya no perteneces a él.
En la sociología,
cuando hablan de los Estados y las naciones, se ocupan siempre de delimitar geográficamente
los territorios, como si unas líneas, un nombre, una localización fuera lo que
determina en gran parte, lo que son, hacen y sienten las personas que habitan
espacios.
A diferencia de los colombianos
que viven en otros lugares y al regresar son más patriotas que nunca, a
diferencia de los que ven una bandera y se enorgullecen, soy una persona que no
se siente parte de los lugares de los que partió, pero tampoco de los que
habita. No soy de esta ciudad, pero tampoco del lugar donde nací, al cual no he
regresado en una década y creo que no regresaré a menos que muera alguien, cuando
leí esa parte la sentí propia.
No le pertenezco a
Ciudad Solar aunque mis memorias de ahí pueden llenar un tour completo,
recuerdo el ir a cazar azulejos con Washington, acariciar vacas y cabras de
fincas al lado del río, de ver lanchas pasar a toda velocidad, el color del
río, el olor del aire, el sol entrando por las hojas de los árboles con más de
500 años, recuerdo el sabor del beso de la primera persona que besé y la
respiración de la última. Recuerdo los regalos no pedidos, los abrazos negados
y las miradas nunca encontradas, las peleas ganadas y las muchas perdidas, los
regaños, las faltas cometidas y las huidas, los encuentros no pedidos y los
hallazgos solicitados.
Cuando vuelvo a aquel
lugar, recuerdo la vida que tuve y la que no viví.
El dominio de Itadori
es hermoso, tiene tanto sentido con su historia personal, y su crecimiento no
como personaje, sino como persona viva. Su creencia sobre que no tenemos un rol
que cumplir, que no somos herramientas de la existencia, que nuestras
experiencias y creencias y vivencias son más importantes y significativas que los
roles o imposiciones que otros nos establecen, es muy hermoso. Me gustaría
creerlo también.
Mientras escribo esto,
pienso en mis viajes por tierra a media noche, en lo que sentía al ver estos
poblados en medio de las carreteras con sus calles vacías, una que otra persona
caminando y la mayoría durmiendo, por alguna razón, cuando vivo eso, siento que
pertenezco a ellos, a los que duermes y no saben que existo, a los que están en
una esquina hablando de sus vidas, a los que tienen puestos 24 horas al lado de
la carretera, a las cajeras de los peajes y a los otros que están viajando,
conmigo, sin mí. Siento que a ellos pertenezco.
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