lunes, 13 de abril de 2015

El día que Cali se hundió en la tristeza

Dos semanas después de los acontecimientos que aquí intentaré narrar, un cuerpo de fuerzas especiales del HPV me tomó por la espalda con fuerza, me sujetó y esposó, siendo arrastrado a una sala de interrogatorio, donde lo que presumo, era un lobo esperando a que yo, la presa, diera un paso en falso para ser devorado.

Primero, quiero aclarar que la versión será lo más realista posible. No intentaré engañarlos con narrativas místicas de ideas fugases que nunca existieron en aquel momento, no. Mi historia contará con la premisa de intentar entender lo que se vivía en la ciudad para aquella tarde (o quizás mañana).

Esta historia -como todo en mi vida- inició con una mujer vestida de azul. Ella, que aún no pensaba en la posibilidad de una catástrofe, ya había desayunado, cubierto su cuerpo en jabón y luego en agua, ya se había perfumado, puesto ropa interior que significaba algo en aquel momento y que con el pasar del día, fue perdiendo razón de ser.
Lo que intento decir aquí, es que ella, estaba haciendo una parodia a la versión de hermosura previa que quizás, en ciertas noches, le había enseñado a uno que otro amante. Ella, la mujer de azul de aquel día de hace dos semanas, era en palabras más, palabras menos: Hermosa.

Me reuní con ella en un café de un lugar que desconozco. La noche anterior o quizás un par de noches anteriores, por una serie de sucesos desafortunados, en mi caminar sin darme cuenta, la había abandonado a la inopia de la soledad. En otras palabras, me compuse una sinfonía bailable, donde en vez de invitarla a ella, decidí bailar solo. Ella, como siempre ha sido su carácter, prefirió hacerse a un lado y huir por las calles que la llevaban al lugar más tranquilo donde estar; lejos de mí.

Verán ustedes, que quizás por miedo a afrontar lo que la vida propone, tuve la valentía de tomar la decisión cobarde. Corté los lazos que cubrían el cielo de la ciudad, cerré las ventanas de una casa sin puerta y retiré sus besos que servían de medicamento, de mi enfermo cerebro.
El dolor no se hizo esperar, la frustración de no poder estar con alguien se hace fuerte, pero quizás, espero, que el dolor de ella sea por la derrota de no poder lograr estar donde quiere y no como el mio, que es por la ausencia de lo que se anhela. Sólo quise que ella no sintiera dolor, no por mí.

En esos instantes el cielo se nubló, su vestido azul se volvió gris y empezó a llover. el camino de regreso se inundó de gotas azules, las calles se empezaron a llenar de agua de cañerías tapadas por la cantidad de líquidos desbordantes. Los primeros en darse cuenta que todo iba mal eran dos perros, que expectantes  miraban el llover de la ciudad.
Los ciclistas sentían pesado el pedalear por las vías, las mujeres que iban con sombrillas para el sol, pronto empezaron a caminar más rápido, los autos andaban a toda velocidad salpicando los transeúntes más incautos.

Pero no era una lluvia cualquiera, los niños no habían salido a las calles a jugar fútbol con el chapuzón, nadie pensó en escribir un poema mientras las gotas se suicidaban en sus ventanas, el frío de la lluvia no hizo que la gente se acercara en busca de calor.
No, no era una lluvia típica de ciudad tropical, porque, si usted se acuerda del día de la catástrofe, no fue que lloviera, sino que el agua, en vez de caer del cielo, se regaba por los ojos de cada habitante de la ciudad. En una ciudad donde cada uno de sus habitantes, fuera niño, adulto, joven, ladrón que corría por la avenida después de robar un bolso, indigente que buscaba papel periódico seco bajo un puente, mujer que cocinaba pasteles de pollo en su cocina mientras la hija jugaba con la mascota en el balcón. Todos ellos, en ese instante, lloraban, pero no por una tristeza que identificaran enseguida, era más bien una tristeza ajena, que les abordaba el corazón y se desbordaba por los ojos.

Como si fuera una pandemia de cebolla en los ojos, como si fuera inevitable, obligatorio, necesario. Cada habitante lloraba y cada lágrima de color azul, del azul de la mujer hermosa que ya no es azul. Cada persona lloraba el color de ella y la tristeza mía, cada persona en la ciudad, sin darse cuenta, contribuía con sus lágrimas a que mi felicidad, muriera ahogada.
Y resultó que todas las lágrimas juntas inundaban las calles, los autos se detuvieron, los ladrones dejaron de correr, los aviones no despegaron, las ardillas de los parques murieron ahogadas, los perros y gatos huyeron, las aves emprendieron vuelo. La ciudad cayó en un enorme vendaval de lágrimas incontenibles que nadie supo cómo entender.

Tres días después del evento, cuando muchas personas habían muerto por las aguas, cuando ya se empezaba a creer que la esperanza de la tierra seca era sólo un sueño; Un grupo investigador me encontró, intentando prender un cigarrillo. Estaba ahí, en el lugar donde la conocí. Ahí, en el lugar donde la besé. Y, aunque algunos pensaron que al inicio de la catástrofe había huido de la ciudad. Me encontraron en el mismo lugar donde siempre he estado. Quizás por no saber a donde ir, quizás porque es más fácil estar quieto que moverse, quizás porque tenía la esperanza de que la mujer de gris, volviera al lugar de donde nunca me fui.

Cuando el detective quiso saber las razones de tal catástrofe, sólo pude decirle que ese día, los habitantes de tan calurosa ciudad, habían decidido ignorar mi tristeza, seguir con sus vidas como si nada hubiera pasado. No lo pudo soportar, no pude soportar ser el único con dolor. Por eso hundí a Cali en el azul.




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