jueves, 8 de mayo de 2014

Mandragora

-¿Sabes qué te quiero mucho?
Me pregunta/afirma mientras sonríe a un pantalla; desde el otro lado, sobre mi sofá, una mueca que camufla insomnios, trabajos, lecturas, historias y uno que otro cuerpo agotado sonríe. 
-Lo sé, le digo sin tener certeza sobre lo que sé.

Se despide y apago la cámara para no seguir viéndola/noviéndola  por medio de un sistema que sólo permite hablarnos entre letras y vernos entre vídeos, porque en lo presencial, lo carnal, según ella nos encontraremos en una posición ¿Posiciones? que comprometen su moral, su buen juicio y especialmente su conciencia enamorada de alguien que no se llama como yo, que viste como yo, que no piensa como yo, pero que como yo se ha encontrado empavonado del barniz de su amor.

Ella no sabe lo agotante que es conversar con ella así, cuando mi piel sabe decir su nombre. Ella no sabe que yo sé lo que ella piensa, lo que ella siente, sólo que me he quedado como un impávido espectador de su gracia de encontrar el amor sin la desgracia de volver a saborear el desazón del dolor que probó conmigo. Porque si algo sé es que conmigo fue feliz y como todas al final infeliz.

Me ahogo en recuerdos y apago el computador, ella respira su olor, su sexo, sus senos, su amor y se acuesta en la cama del otro que no es otra que la cama de ella y duerme, ya es muy tarde para buscar el sexo de su amor y duerme. Yo me levanto y me masturbo con las bragas que dejó la última vez que vino a mi cama a decirme que por el bien de un "él" que desconozco pero que es real, lo mejor era dejar todo en lo ficticio de las cámaras de computador y en los sueños lubricados de cada uno. Son negras, aún a pesar de tantas lubricaciones nocturnas, huelen a Ella.

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