1. Las mujeres que se casan con ingenieros
Hace unos días me topé con una mujer que siempre ha manifestado su deseo corporal de pasar una noche o quizás varías conmigo, mientras coqueteábamos de forma sutil y ella se tomaba un capuchino lentamente con sus labios gruesos y rojos, me contaba sobre su matrimonio, sobre lo felizmente casada que ha quedado después de un par de fiascos y un momento de duda sexual que la llevo por los caminos de las lesbianas, sin encontrar en ello el placer que le esperaba en las manos de un hombre de profesión reconocida, de trabajo estable y de buen gusto por los libros, algo así como un protohombre desarrollado, el futuro de la humanidad masculina hecha carne.
En medio de risas y de historias sacadas de historietas de esas que ella sabe hacer, pude ver como a veces su sonrisa se volvía una pequeña mueca de tristeza, le pregunté por esa señal de auxilio que el cuerpo saca sin permiso.
Ella me contó que lo amaba, que él le daba emoción a la vida, que en la cama obtenía el placer que siempre buscó, pero que a pesar de todo lo bueno, cada noche después de que él se dormía, ella salía al balcón de su edificio, miraba las estrellas y de tener el cielo nublado miraba a los insomnes de luces prendidas leyendo en los edificios cercanos o lejanos. Mientras me terminaba un expresso doble me contó que se sentía sola, aún estando con su mejor compañía, que no sentía un placer completo, que quería salir y huir de lo mejor que le había pasado en su vida, que era infeliz por culpa de algo que habitaba en su felicidad.
Ese día terminamos acostados en un motel cercano a su lugar de trabajo, mientras ella fumaba (ahora fuma), yo pensaba en que todas las mujeres que se casan con un ingeniero terminan suicidándose o enamoradas de hombres como yo, lo cual al final de la noche no es muy diferente.
Nos despedimos, no intercambiamos números, ni direcciones. Después de dar unos pasos me alcanzó y me hizo prometer estar en ese mismo lugar todos los lunes a las 2 de la tarde.
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